domingo, 27 de enero de 2008

El hombre que comía colores, primera parte

Érase una vez un hombre que vivía en una pequeña ciudad de la costa. Era un lugar acogedor y agradable, donde él llevaba una vida tranquila. Era un hombre querido por sus vecinos, amigo de sus amigos, respetado por sus compañeros y cariñoso con su familia.

Cierto día, el hombre se levantó con el pie izquierdo.
Al encontrarse por la mañana con su familia, sus queridísimos hijos, a quien amaba más que a nada en el mundo, le parecieron un poco más ruidosos de lo normal, cómo chillaban aquella mañana! También su mujer, por quien daría la vida, parecía haberse levantado menos simpática que de costumbre, le reprochó que había olvidado ciertos recados y le pidió que los resolviese durante la tarde, lo cual le pareció un poco molesto, pues no recordaba ya que tenía que hacerlos.

Al llegar al trabajo, la sensación de estar a disgusto con todo continuó. Sin tener un motivo evidente, el hombre empezó a pensar que el trabajo que estaba haciendo hasta ese momento resultaba muy aburrido, pero aún, poco gratificante. Nunca hasta entonces había tenido esa sensación, pues siempre disfrutaba con él, pero justo aquella tarde, hubiera preferido dedicarse a cualquier otra cosa. Al observar a sus compañeros, por quienes siempre había sentido aprecio, sintió una falta de admiración por ellos totalmente nueva...qué extraño, pensó, hoy todo parece mediocre, repetitivo, falto de interés.

El día fue pasando lenta y pesadamente para el hombre, los minutos parecían horas, y las horas eternas. Al final del día, después de terminar todas sus tareas decidió que necesitaba pasear un poco antes de llegar a casa.

Era ya la hora del crepúsculo, y caminando sin rumbo fijo, sus pies le fueron guiando y se encontró al poco y sin quererlo sentado en un parque. Estaba en medio de un grupo de viejos chopos donde unos pocos gorriones saltarines se divertían picoteando los restos de alguna merienda del día anterior. El parque estaba prácticamente vacío de gente a esas horas.

Allí, sentado en un banco, se encontraba ensimismado observando los pájaros cuando un poco más lejos vio pasar a un cachorro suelto. Era un lindo pastor alemán de precioso pelaje marrón crema, que probablemente buscaba comida por los alrededores. Observándolo, recapacitó sobre todos sus pensamientos del día y llegó a la siguiente conclusión:
"Quién pudiera ser un perro! Ellos sí que son felices, pues no tienen ninguna preocupación!"
El perro, que en aquel momento se encontraba frente a él, lo miró en aquel instante y se le acercó moviendo el rabo. El hombre, que adoraba la compañía de los animales, le dejo acercarse y observó cómo éste iba contento a su encuentro hasta quedarse tendido a sus pies. La mano del hombre acarició su suave pelaje, primero el lomo, luego la cabeza y más tarde la parte inferior de su mandíbula. Así distraído se quedó el hombre acariciando al perro, que agradecía su cariño.

Al rato, el hombre ya había olvidado sus preocupaciones y miraba absorto el horizonte, cuando súbitamente, al posar sus ojos en el perro seguía acariciando, se llevó un enorme susto: el pelaje del perro había sufrido un repentino cambio de color! Todo su pelo era de tonos grises ahora. Unos tonos más ocuros y otros más claros, pero desde luego, todos grises. Se trataría de otro perro que sin darse cuenta había llegado en lugar del otro? Imposible, el perro era el mismo, sólo que su pelo había perdido todo color, y no sólo en el pelo, sino también el resto de su cuerpo.

Al percibir este cambió el hombre se asustó mucho, pero su sorpresa no había hecho más que comenzar. Al alzar la vista al paisaje que le rodeba, sintió un desconcierto absoluto al comprobar que todo, absolutamente todo lo que le rodeaba, la pradera, los chopos, el banco, hasta el propio color del cielo, había perdido sus características tonalidades para transformarse en un simple y triste paisaje en blanco y negro.

El hombre, paralizado, posó su mano en la frente por si quizás tenía fiebre. Seguramente se trataba de alguna enfermedad nueva para él, que se manifestaba esa manera. Lo cierto es que, fuera del susto que extaba experimentando, se encontraba físicamente bien, no tenía fiebre, ni mareos, ni ningún otro síntoma más que la falta de color en su visión. El hombre no daba crédito, todo lo que observaba, las farolas, los edificios al otro lado del parque, los autobuses que cruzaban las calles, todo, todo, había perdido su coloración, como si estuviese viendo una antigua pelìcula en blanco y negro.

El hombre se levantó del banco y comenzó su regreso a casa. Por el camino, todo lo que observaba era blanco y negro, no podía creerlo. Además del gran susto que tenía, el ánimo del hombre comenzó a resentirse también: qué triste y desoladora parecía ahora la ciudad sin sus colores. Caminando, preocupado, comenzó a creer que quizás algo que había comido ese día le había provocado aquella reacción. Claro, debe ser un efecto secundario temporal de algún alimento en mal estado, pensaba, probablemente mañana me encontraré bien y veré los colores como siempre.

Con este pensamiento llegó a casa, donde su mujer e hijos le esperaban impacientes, pues era la hora de cenar y se había restrasado sin avisar. Como les vio muy preocupados, sintió lástima de ellos y prefirió no contar nada de su visión en blanco y negro, pues no quería alarmarlos por algo que seguramente al día siguiente iba a desaparecer. Inventó una excusa para justificar su retraso, aunque su mujer le miró con cierto reproche, y terminó el día concentrándose en ser amable con su familia, acompañando a sus hijos a la cama hasta que quedaron dormidos.

Esa noche, el hombre durmió profundamente.